Mártir

Juan, como todos los santos, amaba el martirio. Esa era una forma, entendía él, perfecta para asemejarse y entrar en comunión con Jesucristo. Alguien que aspire a la total perfección debe aspirar también al martirio. Desde muy niño se sintió inclinado por asemejarse a Jesús en todo. Por eso en su tierna infancia cuando solo contaba con 11 años ya piensa vivir casto y célibe, cumplir el evangelio al pie de la letra, como cuando aquella anécdota de la bofetada y entregar su vida total a Dios en el servicio presbiteral.

En el Oratorio experimenta el dolor y la enfermedad de una manera brusca y todo lo acep ta queriendo encontrar en ello la expresión de la Voluntad de Dios. En 1.637 escribe "el voto del Martirio" y lo firma con su propia Sangre, que era una cosa inusual en aquella época. En ese mismo año escribe el libro "Vida y reino de Jesús" y allí consigna su profundo pensamiento sobre el martirio y sobre el deseo que tiene de llegar a sufrir por el nombre de Dios y por el bien de los hermanos,

Vivir el martirio, no significa sufrir por sufrir, es ante todo vincularse estrechamente a la cruz de Cristo y a la voluntad de Dios que son dos de los fundamentos sobre los que edificó la Congregación de Jesús y Maria. Porque vincularse a la Crin de Cristo y someterse a la voluntad de Dios es rechazar todo tipo de mal, es renunciar al mundo, es adherirse al Señor que es la esencia del compromiso bautismal que tanto pregona.

Juan experimenta la cruz del Señor de un modo especial cuando se entrega a las fundaciones. Ser fundador le produce una serie de sinsabores. Sus hermanos y colegas se vuelven adversarios suyos. Los obispos le crean más de una dificultad porque no entendían su obra. Lo mismo que el retraso de las aprobaciones eclesiásticas a sus obras, las incomprensiones de la Iglesia, los jansenistas, aún el rey que le quita la protección.

Pero él sufrió con valentía y heroísmo. No se dejó llevar por el pesimismo ni por el dolor. Controló su espíritu, mantuvo la esperanza, permaneció sereno, que es cosa de santos, perseveró y salió airoso. La amargura se le volvió paz, como al salmista. No todo es noche oscura, él sentía que su vida era obra de Dios, y las obras de Dios nadie las puede clausurar.

De esta forma, en su vida de dolor y angustia, descubre la misericordia profunda de Dios y de María y aprende a tener misericordia de los demás. Juan hace de su vida una entrega permanente al corazón misericordioso de Jesús, el Buen Pastor, y de María, la madre de misericordia.

Aunque no murió como hubiera querido, martirizado, identificado con Cristo en la muerte cruenta de cruz, podemos decir que toda la vida de Juan Eudes fue un identificarse permanente con la cruz de Jesucristo. El aspiró a ser mártir de verdad, pero lo fue a su modo y en la medida en que le fue permitido. Por eso el rostro de nuestro amigo adquirió también el rasgo de mártir.

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