El Corazón de Jesús

 Por Alvaro Torres Fajardo CJM.

 

   Hablar hoy del Corazón de Jesús.

Para un eudista siempre será actual y oportuno hablar del Corazón de Jesús. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI han insistido en reavivar la devoción a este Corazón y hacer de ella un instrumento actual de evangelización. En este mes llegan a Colombia los restos de santa Margarita María Alacoque, la religiosa visitandina que con sus experiencias de aparición del Corazón de Jesús lanzó la forma de devoción que más repercusión ha tenido en el mundo.

Les propongo que discurramos brevemente sobre 4 temas: Algo de historia / El Corazón de Jesús como devoción popular / El Corazón de Jesús como celebración litúrgica / Contenido teológico del símbolo del Corazón de Jesús.

 

1. Algo de historia

 

Se hunde en la historia del hombre. Valoró su corazón físico y la significación de ese corazón. Incluso le atribuyó a Dios un corazón capaz de amar, de comprometerse, de pensar (1 R 9, 3; Jer 30, 24). Pero sobre todo a partir de la Encarnación la realidad del corazón de Dios se hace clara. Cristo tenía un corazón de hombre. Dios mismo quiso hacerse capaz de amar con un corazón de hombre (Mt 11, 29; Jn 19, 34).

Poco a poco se fue hablando del Corazón de Jesús: Lo hicieron san Buenaventura, Santiago de Milán, Matilde,  Gertrudis, Brígida, Catalina de Génova, Lanspergio (1489-1539, cartujo), Margarita del Santísimo Sacramento, desde el siglo 13 hasta el 17. San Juan Eudes entra con título propio en esta historia. Fue el primero en proponer el Corazón de Jesús como objeto de culto litúrgico. En 1648, cuando instituyó la primera fiesta del Corazón de María habla ya del Corazón de Jesús. Compone por los mismos días su oración cumbre al Corazón de Jesús, el Ave Cor, y unas letanías al Corazón de Jesús para ser recitadas en su comunidad.  En 1672, el 20 de octubre, hace celebrar con solemnidad inusitada en sus comunidades una fiesta al Corazón de Jesús, con octava. Compone él mismo los textos en latín para esa celebración.

Tres años después, en 1675, santa Margarita María Alacoque (nacida en Autun en  1647,  y fallecida en 1690), tiene su primera experiencia (revelación privada) del Corazón de Jesús. Había entrado a la Visitación de Paray-le-Monial en 1671 y el 16 de junio de 1675, Jesús le mostró “este Corazón que tanto ha amado a los hombres”. Fue dirigida espiritual del jesuita san Claudio de la Colombière. Por ese camino la Compañía de Jesús ha tomado liderazgo, en una época, en la devoción popular al Corazón de Jesús. Recordemos la revista El Mensajero del Corazón de Jesús. Como es evidente, en esta historia san Juan Eudes va primero. En 1686 se celebró la primera fiesta litúrgica en Paray-le-Monial al Corazón de Jesús ¿Se usaron los textos de san Juan Eudes ya conocidos? Difícil probarlo, difícil negarlo.

Luego viene el culto público aprobado por Roma y el magisterio pontificio dedica una encíclica al Corazón de Jesús (Haurietis aquas, 1950, Pío XII). No olvidemos que por petición de una hermana de El Buen Pastor, la hoy beata Sor María del divino Corazón, el Papa León XIII consagró el género humano al Corazón de Jesús en 1899. Que estemos hoy, en 2006, hablando del Corazón de Jesús significa que esta historia está viva y sigue.

 

2. Devoción popular.

 

Ha sido el camino para hacer conocer popularmente al Corazón de Jesús. Nace de las revelaciones de Santa Margarita María Alacoque. En sus diálogos con el Corazón, éste ofrece  unas promesas para quienes se hagan sus devotos. Por el camino, un tanto interesado de ganarse el cielo, entró esta devoción al corazón del pueblo piadoso y fiel. Se enumeran 12 de estas promesas: (1) Les daré las gracias necesarias para su estado de vida. (2) Haré reinar la paz en sus hogares. (3) Los confortaré en sus aflicciones. (4) Seré su refugio seguro durante la vida y sobre todo en la hora de la muerte. (5) Les otorgaré bendiciones abundantes en sus empresas. (6) Los pecadores encontrarán en mi Corazón fuente y océano infinito de misericordia. (7) Las almas tibias se harán  fervorosas. (8) Los fervorosos alcanzarán pronto la (más alta) perfección. (9) Bendeciré todo lugar donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y honrada. (10) Daré a los sacerdotes la gracia de convertir a los pecadores más empedernidos. (11) Los que promuevan esta devoción tendrán sus nombres escritos en mi Corazón, y nunca serán borrados de él. (12) Les prometo, como muestra de excesiva misericordia, que mi omnipotente amor garantizará a quienes comulguen el primer viernes en nueve meses consecutivos la gracia de la penitencia final. No morirán en desgracia ni sin recibir sus sacramentos. Mi divino Corazón será su seguro refugio en el último momento.

Se comprende que muchos cristianos, para asegurarse estas bendiciones y sobre todo la promesa final, hayan entrado en prácticas de religiosidad popular muy conocidas. Inolvidables aquellas interminables colas de penitentes en los confesonarios, terror de muchos confesores... Aquellas imágenes detrás de la puerta de entrada en los hogares, aquellas entronizaciones del Corazón de Jesús en las familias, aquellos “Detentes”, aquellas frases escritas en las paredes: “Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”, aquellas procesiones multitudinarias, organizadas por El Apostolado de la Oración, celebraciones solemnes, las lacrimosas Horas Santas del P. Mateo, etc.

¿Qué queda de todo ello? Valdría la pena averiguarlo. No lo juzguemos hoy como del todo negativo. La pastoral actual trata de rescatar muchos elementos de religiosidad popular. Pero podía traer una deformación del sentido religioso. Un poco la tesis farisea de que la salvación final se “compra” con la fiel observancia de una ley, de unas prácticas. Estamos lejos del “puro amor” de muchos santos, y muy de san Juan Eudes.

 

3. El culto litúrgico al Corazón de Jesús.

 

Aquí entramos en pleno dominio eudista. El Papa León XIII, en el decreto sobre heroicidad de virtudes declaró al Padre Eudes como  “Autor del culto litúrgico de los sagrados Corazones de Jesús y María”; san Pío X en 1909, en la beatificación, y Pío XI en 1925, en la canonización, comprometieron su autoridad al declarar solemnemente a san Juan Eudes, en las respectivas bulas, “El Padre, Doctor y Apóstol del culto litúrgico a los sagrados Corazones de Jesús y María”. Históricamente es incontrovertible. Las fechas son claras. Antes de san Juan Eudes no hubo en la Iglesia, en ninguna parte, Misa y Oficio en honor del Corazón de Jesús. La primera fiesta en Paray-le-Monial se celebró en 1686.

La aprobación de la misa y oficio de san Juan Eudes era diocesana. Y así lo fue por mucho tiempo. Muchos se sirvieron de los textos de san Juan Eudes. Consta que en el siglo XVIII en la Visitación se seguían los textos eudistas. Era importante que la Iglesia diera carácter oficial y universal a la fiesta. Muchos obispos lo pidieron y el 26 de enero de 1765, la Congregación de Ritos, escribió el decreto que, el 6 de febrero siguiente, debía recibir la confirmación del Papa Clemente XIII. Así surgió la fiesta, que debía celebrarse, no el 20 de octubre como lo quería san Juan Eudes, sino el viernes siguiente a la octava del Corpus Christi. Se continuó celebrando, si embargo,  en muchas partes la de san Juan Eudes, incluso en la Visitación como consta por libros litúrgicos de la época (1792, 1803) (Cfr. Lebrun Ch. Le Bx J. Eudes...pp 201 ss.)

Se adoptaron textos especiales, y no se le concedió octava como en la tradición eudista. La misa de san Juan Eudes se conoció como “Gaudeamus” por la palabra inicial del introito, en cambio la de la Iglesia universal fue conocida como “Cogitationes” pues así se encabeza el introito de esa misa. Fue establecida por el beato Pío IX en 1856.  Pìo XII para celebrar el centenario de esa fiesta publicó la ya mencionada encíclica  Haurietis aguas… La Congregación eudista recibió autorización para seguir celebrando su fiesta propia el 20 de octubre con los textos eudistas. La reforma litúrgica, decretada como consecuencia del Concilio, prohibió la duplicación de fiestas y nos concedió celebrar con nuestros textos históricos la fiesta en el mismo día de la Iglesia universal. El 20 de octubre  solamente celebramos una misa votiva.

 

4. Teología

 

¿Una teología del Corazón? Todo cuanto es realidad en el mundo, mirado desde el designio de Dios sobre la creación es susceptible de una teología. Teologías emergentes las llaman hoy: del ocio y del trabajo, de la cruz y de la esperanza, de la vida y de la muerte. ¿Por qué no del corazón con toda la carga que es susceptible de llevar en el lenguaje humano? En esta teología el más importante no es el Corazón sino lo que él envuelve y significa: EL AMOR. Significante y significado, continente y contenido, simbolizante y simbolizado, pero inseparables, iluminado el uno por el otro.

Hemos llegado a la conclusión de que el amor de Dios, desbordado y omnipotente, es la fuente y la explicación de toda la obra divina, de cuanto existe, en todos los órdenes. “De tal modo amó Dios al mundo...” El salmista hacía cantar a toda una asamblea gozosa: E Dios que da a conocer su misterio, porque es eterno su amor. Que crea mundos... que interviene en la historia a favor de su pueblo... que está presente en el acontecer del hombre… (Sal 136). Amor efectivo y eficaz, amor tierno, paternal y maternal, de entrañas. Amor en el secreto íntimo de Dios: el Espíritu Santo, amor infinito entre el Padre y su Hijo. Amor fuerte que cautiva: “Quién nos separará del amor de Dios”... Amor que llega al límite imposible al hombre: “Los amó hasta el extremo...”

Un día se preguntó Juan Eudes: ¿Cómo enseñar ese amor, cómo hacerlo percibir, cómo hacer vibrar al hombre frente a esa realidad? Y nació para él la imagen simbólica del corazón. Rastreó en la Biblia, que le era bien conocida, y descubrió la riqueza semántica de esa palabra en la revelación divina: (1) Corazón corporal, Pr 4, 23. (2) Memoria, Lc 21, 14. (3) Entendimiento (Sal 19, 15). (4) Voluntad, Lc 6, 45. (5) Parte suprema del alma. Punta del alma, Cant 5, 2. (6) El interior del hombre, su conciencia, Cant 8, 6. (7) El Espíritu Santo, Ez 36, 26-27. (8) El mismo Jesús, hijo de Dios, Cant 4, 9; Lm 4, 20. (9) Capacidad de amar Mt 22, 37. (OE 492-494). Pero consideró tres sentidos primordialmente:               (1) El Corazón divino: amor increado. (2) La parte superior del alma donde actúa el Espíritu Santo. (3) El Corazón corporal, sede de sentimientos, rasgado en la cruz (OC 8, 344-347).

¿Andaría perdido san Juan Eudes? Un conocido teólogo moderno, K. Rahner, expuso su doctrina sobre el Corazón de Jesús y partió de Jn 7, 37-39. Allí no aparece la palabra corazón pero sí el interior de Cristo, fuente viva del Espíritu. Ese interior lo llama la Biblia corazón. Porque el amor de que se habla en la doctrina del Corazón es múltiple. Una red riquísima que encierra el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu, en todas las direcciones, recíproco, ad intra y ad extra, para María y la Iglesia, para nosotros, para la “pequeña Congregación” a la que san Juan Eudes deja en herencia ese Corazón como algo que le es propio (Testamento 10, OE, 681).

Fue más allá Juan Eudes. Quiso celebrar en la Liturgia ese amor simbolizado en el Corazón. Nada más legítimo. Hace parte del misterio de Dios, de Cristo, del Espíritu que es el objeto de la Liturgia. Quiso hacerlo el 20 de octubre, al fin del año litúrgico, para reunir y recoger en una fiesta todo ese amor que la liturgia ha celebrado a lo largo del año. Si leemos sus textos nos daremos cuenta de que la palabra amor, en toda su riqueza, campea por doquier. Oraciones de la fiesta: “Con excesivo amor... nos diste el Corazón de tu Hijo, para que pudiésemos amar perfectamente...” Significativo que cuando la Iglesia quiso celebrar a Margarita María Alacoque no insiste en sus visiones y promesas sino simplemente en el amor: “Para que también nosotros lleguemos a conocer por experiencia el amor de Cristo que excede todo conocimiento...” (Oración colecta de la misa en honor de la santa).

Pero es un amor que urge una vida cristiana llevada a radicalidad. Es lo que quiere Juan Eudes. No nos da el contentillo de las promesas sino que nos habla de compromisos serios en el amor hasta el mismo martirio. Que Jesús viva y reine... le demos espacio para ello. El Ave Cor lo proclama.

Me pregunté al comenzar: “Se puede hablar hoy de actualidad del Corazón de Jesús? Respondo:

Mientras haya un Dios empeñado en amar al hombre, en conducirlo amorosamente a través de los avatares de la historia y las miserias del tiempo hasta el Corazón de su propio misterio...

Mientras el símbolo del corazón siga hablando al hombre de hoy del amor en todas sus dimensiones,

-habrá razón para hacer una teología del Corazón del Señor ;

-para seguir celebrando en la liturgia la solemnidad del Amor de Dios, simbolizado en el Corazón de Cristo,

-para seguir viviendo, con ufanía eudista, que sea patrimonio histórico de nuestra comunidad esta celebración eclesial del Divino Corazón.

 

 

 

 

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