El Sacerdocio

El sacerdote es testigo de las exigencias del Evangelio

(DE LAS CARTAS DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO. 1, 53: Oeuvres_Completes 10, 441-444.)

Carta a los sacerdotes del Seminario de Caen en la que relata una alocución del santo a la reina de Francia, en las Benedictinas de París, el 8 de febrero de l65l, en la fiesta del Corazón de María.

Desempeño el oficio de embajador de Jesucristo.

La reina llegó al final de mi sermón; le dije muchas cosas a propósito del incendio que quemó una parte del palacio del Louvre. Empecé a hablarle así:

«No tengo, señora, otra cosa qué decir a su majestad, sino suplicarle humildemente, ya que el Señor la ha traído a este lugar, que no olvide nunca la vigorosa predicación que Dios ha hecho a usted y al rey, con este incendio del Louvre. Usted está persuadida de que para los cristianos no hay cosas del azar, sino que todo sucede por la providencia y disposición de Dios. Este incendio nos enseña varias cosas:

Que los reyes pueden levantar palacios como el Louvre, pero que Dios les ordena dar alivio a sus súbditos, tener compasión de tantas viudas y huérfanos y de tantos pueblos oprimidos por la miseria.

Que les está permitido a príncipes y reyes disfrutar de algunas diversiones honestas; pero que emplear en ellas todos los días, y semanas y meses y años y toda la vida, no es seguir el camino que lleva al paraíso.

Que si el fuego temporal no perdonó la casa del rey, el fuego eterno tampoco perdonará a príncipes, ni princesas ni reyes ni reinas si no viven como cristianos, si no tienen piedad de sus vasallos, si no emplean su autoridad para destruir la tiranía del demonio y del pecado y para establecer el reino de Dios en el corazón de sus súbditos.»

Añadí que al decir estas cosas no buscaba otro interés que el de mi Señor y mi Dios, y el de la salvación de mi rey y de mi reina por quienes estaba listo a dar mil veces la vida.

Que era lamentable ver a los grandes de este mundo sitiados por una tropa de aduladores que los envenenan con sus elogios y los pierden, de modo que nadie les dice casi nunca la verdad.

Que los predicadores serían criminales ante Dios si mantuvieran cautiva la verdad en la injusticia, y que yo me consideraría digno de condenación si callara estas cosas a su majestad.

Finalmente le supliqué que recibiera estas palabras no como palabra de un hombre mezquino, miserable pecador, sino como palabras de Dios, ya que, por el lugar en que me encontraba y por ocupar el puesto de Dios, yo podía exclamar con san Pablo y con todos aquellos que tienen el honor de anunciar la santa palabra de Dios: Nosotros actuamos como enviado de Cristo (2Co 5, 20) para hacer llegar la palabra del Rey de reyes a una gran reina.

Esto fue, casi palabra por palabra, lo que le dije.

Os lo escribo para que vosotros y nuestros amigos conozcan la verdad.

Pido a Dios que os bendiga en todo y os dé la gracia de no buscar jamás nada distinto de agradarle, haciendo y diciendo lo que él pide de nosotros. la impureza, ni con engaño.

El sacerdote, partícipe del sacerdocio de Jesucristo

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, «MEMORIAL DE LA VIDA ECLESIÁSTICA». 3, 10, 3: Oeuvres Completes 3, 189-192.)

Si estamos revestidos del sacerdocio de Jesucristo estamos obligados a revestir su santidad.

Nuestro Señor Jesucristo nos asocia a su sacerdocio eterno y a sus más divinas cualidades con sus poderes y privilegios. Esto nos obliga a imitarlo en su santidad, a continuar su vida, sus ejercicios y las funciones sacerdotales. Y, para seguirlo en todo como nuestro modelo, consideremos lo que él es y hace: primero, en relación con su padre; segundo, con todos los hombres y especialmente con su Iglesia; y, en tercer lugar, consigo mismo.

Si miramos lo que Cristo es y realiza en relación con su Padre, vemos que existe totalmente para él y que el Padre es todo para Jesucristo. Sólo mira y ama a su Padre, como éste sólo a Cristo mira y ama. Todo el anhelo de Jesús es hacer conocer, adorar y amar a su Padre, y todo el designio del Padre es manifestar a Cristo a todos los hombres para que lo adoren y lo amen. Cristo es la complacencia, la gloria y el tesoro de su Padre, y toda la riqueza, el honor y el contento de Jesús son buscar la gloria de su Padre y cumplir su voluntad. Para este fin Cristo desempeñó, con disposiciones santas y divinas, las funciones sacerdotales.

De la misma manera el sacerdote es la propiedad de Dios, como Dios es su heredad. Así lo proclamó al entrar en la clericatura: El Señor es mi heredad y mi copa (Sal 15, 5). Por eso debe ser todo para Dios como Dios es todo para él. Debe dejarse poseer por Dios como su propiedad y no buscar en este mundo otra fortuna ni posesión fuera de Dios, que debe ser su único tesoro, al que debe entregar su corazón y sus afectos. Sobre todo pondrá cuidado en desempeñar santamente todas las funciones sacerdotales como el santo sacrificio del altar, el oficio divino, la administración de los sacramentos, la predicación de la palabra de Dios, etc.

Porque todas estas cosas son santas y divinas y deben realizarse de una manera que sea digna de Dios, de la excelencia de nuestro ministerio, de la santidad del sumo Sacerdote en cuya compañía las realizamos; digna, en fin, del precio infinito de su sangre, por el cual nos ha elevado a la dignidad sacerdotal y nos ha alcanzado la gracia para ejercer sus funciones.

Para saber lo que es y realiza Jesucristo en relación con los hombres basta echar una mirada sobre las cosas que hizo y padeció mientras estaba en la tierra.

Cada una de ellas es una voz que está pregonando: De esta manera amó Dios al mundo. De esta manera amó Jesús a la Iglesia. Así ha amado Cristo a los hombres.

Y al mismo tiempo estas voces nos dirán: Es así como se debe amar la Iglesia de Jesús. Así se debe trabajar por la salvación de las almas, así debemos realizarlo todo, sufrirlo todo, entregarlo todo, sacrificarlo todo, aun la sangre y la vida de un Dios, si las tuviéramos, para contribuir a la salvación de una sola alma: porque la más divina de las obras divinas es cooperar con Dios en la salvación de las almas.

Si, finalmente, consideramos lo que es y realiza Jesús en orden a sí mismo, vemos que no se contenta con ser el sumo Sacerdote: quiere tomar también la condición de víctima. Y al sentirse como hostia destinada a la muerte y al sacrificio por la gloria del Padre, sin cesar se anonada a sí mismo (Flp 2, 7). Toda su vida no es sino muerte continua a todas las cosas de este mundo y a su propia voluntad: He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado (Jn 6, 38). Y su vida es un sacrificio continuado de cuanto hay en él para honrar a su Padre.

Por eso el que ha sido llamado a participar del sacerdocio de Jesucristo debe revestir, a ejemplo suyo, su condición de víctima.

El sacerdote, pastor según el corazón de Dios

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, «MEMORIAL DE LA VIDA ECLESIÁSTICA». 1: Oeuvres Completes 3, 24-31.)

El sacerdote debe estar siempre listo a dar su sangre y a sacrificar su vida.

¿Qué es un pastor según el corazón de Dios?

Es un verdadero padre del pueblo de Dios, con un corazón rebosante de amor paternal para sus hijos.

Ese amor lo impulsa a trabajar incansablemente para alimentarlos con el pan de la palabra y de los sacramentos, para que se revistan de Jesucristo y de su santo Espíritu, para enriquecerlos de todos los bienes posibles en lo que mira a su salvación y eternidad.

Es un evangelista y un apóstol, cuya principal ocupación es anunciar incesantemente, en público y en privado, con el ejemplo y la palabra, el Evangelio de Jesucristo, continuando en la tierra las funciones, la vida y las virtudes de los Apóstoles.

Es el esposo sagrado de la Iglesia de Jesucristo, tan encendido de amor por ella que todo su anhelo es embellecerla, adornarla, enriquecerla y hacerla digna del amor eterno del Esposo celestial e inmortal.

Es una antorcha que arde y brilla, colocada en el candelabro de la Iglesia. Ardiente ante Dios y brillante ante los hombres; ardiente por su amor a Dios y brillante por su amor al prójimo; ardiente 'por su perfección interior, brillante por la santidad de su vida; ardiente por el fervor de su intercesión continua ante Dios en favor de su pueblo, brillante por la predicación de la divina palabra.

Un buen pastor es un salvador y un Jesucristo en la tierra. Ocupa el puesto de Jesús, representa su persona, está revestido de su autoridad, obra en su nombre, continúa su obra de redención del mundo. A imitación de Jesús, emplea su espíritu, su corazón, sus afectos, sus fuerzas, su tiempo, sus bienes 'y, si es necesario, entrega su sangre y su vida para procurar, de todas las formas, la salvación de las almas que Dios le ha confiado.

Un buen pastor es la imagen viva de Jesucristo en este mundo. De Cristo vigilante, orante, predicador, catequista, trabajador, del que peregrinaba de ciudad en ciudad y de aldea en aldea. Es la imagen de Cristo que sufre, agoniza y muere en sacrificio por la salvación de todos los hombres creados a su imagen y semejanza.

El Corazón de María

El Corazón de María rebosa de amor a Dios y de caridad hacia nosotros

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, «SOBRE EL ADMIRABLE CORAZÓN DE JESÚS».

9, 4; 11, 2: Oeuvres Completes 7, 461-462; 8, 114-122.139-140.)

María no amó jamás nada fuera de Dios y lo que Dios quiso que amara en él y por él.

Entre las festividades de la Virgen María, la de su Corazón es como el corazón y la reina de las demás, porque celebra la sede del amor y de la caridad.

El objeto de esta solemnidad es el Corazón de la hija única y amadísima del Padre eterno, el corazón de la Madre de Dios, de la Esposa del Espíritu Santo, de la madre amorosísima de todos los fieles. Es un Corazón encendido de amor a Dios y de caridad por nosotros.

El Corazón de María es todo amor por Dios. Porque nunca ha amado nada fuera de Dios y lo que Dios quiso que amara en él y por él. Porque lo ha amado siempre con todo su corazón, con toda su alma, y con todas sus fuerzas. Porque no solamente ha querido siempre lo que Dios quería, sino que ha puesto en ello su gozo y felicidad.

El Corazón de María es todo amor por nosotros. Ella nos ama con el mismo amor con que ama a Dios porque es a él a quien mira y ama en nosotros. Nos ama con el mismo amor con que ama al Hombre Dios porque sabe que Cristo es nuestra Cabeza y nosotros sus miembros y por lo mismo somos una sola cosa con él. Por eso nos mira y ama en cierta manera como a su Hijo y como a hijos propios. Llevamos esta gloriosa condición por dos razones: porque si es madre de la Cabeza lo es de sus miembros y porque nuestro Salvador, en la cruz, nos entregó a su madre en calidad de hijos. Jesús nos la ha dado no sólo por reina y soberana, sino en calidad de madre, que es la más ventajosa que podemos imaginar. A cada uno de nosotros repite lo que dijo a san Juan: Esta es tu madre. y Jesús nos entrega a ella no sólo como servidores y esclavos, sino en calidad de hijos: He aquí a tu hijo, le dice, hablando de cada uno de nosotros en la persona del apóstol amado. Como si le dijera: «Estos son todos mis miembros que te entrego para que sean tus hijos. Los pongo en mi lugar para que los mires y ames como a mí mismo y como yo los amo». Oh, Madre de Jesús: tú nos cuidas y nos 'amas como a tus hijos y como a hermanos de tu Hijo y nos amas y amarás eternamente con el mismo amor de madre con que lo amas a él.

Querido hermano, en todos tus asuntos, necesidades, perplejidades y aflicciones, acude al Corazón de nuestra amorosa madre. Es un Corazón que vela sobre nosotros y nuestros intereses. Es un Corazón tan lleno de bondad, dulzura, misericordia y liberalidad que nadie ha acudido a él con humildad y confianza sin recibir sus consuelos. Es un Corazón generoso, fuerte y poderoso para combatir a nuestros enemigos, para alejar y destruir todo lo que nos perjudica, para alcanzar de Dios lo que pide y colmamos de toda clase de bienes.

María ha llevado y llevará a Cristo en su Corazón

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO. «SOBRE. EL ADMIRABLE CORAZÓN DE JESÚS ».

7, 1: Oeuvres Completes 7, 24~246.)

Bienaventurada eres, Virgen María, que llevaste en tu seno al Creador del mundo, pero mucho más lo eres porque lo llevaste primero en tu Corazón.

(Antífona de Sexta de la fiesta del Corazón de María)

 

Un testimonio de la devoción particular de san Agustín por la Madre de Dios y que se refiere a su Corazón está contenido en las siguientes palabras de su libro sobre la santa virginidad: La divina maternidad de nada habría servido a María si no hubiera llevado a Cristo más felizmente en su Corazón que en su carne. Es este uno de los más bellos elogios que se pueden hacer en honor del Corazón de la Reina del cielo, pues san Agustín lo exalta por encima de las entrañas benditas de la Madre de Dios. Y con toda razón:

l. Porque esta Virgen incomparable concibió al Hijo de Dios en su Corazón virginal antes de concebirlo en sus entrañas.

2. Porque si lo concibió en su seno es por haberse hecho digna de ello al concebirlo primero en su Corazón.

3. Porque en sus entrañas sólo lo llevó por espacio de nueve meses, pero en el Corazón lo lleva desde el primer instante de su vida y por toda la eternidad.

4. Porque lo ha llevado más digna y santamente en su Corazón que en su carne, ya que este Corazón es un cielo viviente en el que el Rey del universo recibe mayor amor y gloria que en los cielos empíreos.

5. Porque la Madre del Salvador lo llevó en su seno cuando él era pasible y mortal y en las debilidades de su infancia; en cambio lo llevará eternamente en su Corazón en su estado glorioso, impasible e inmortal.

Por eso san Agustín tiene toda la razón cuando dice que María llevó a Jesús más feliz y excelentemente en su Corazón que en su carne.

OREMOS:

Dios Todopoderoso,

que hiciste del corazón de María Virgen

tu digna mansión y trono de toda virtud.

Concédenos por su intercesión

llevar en nosotros su semejanza

para que, cumpliendo siempre sus designios,

seamos conformes a tu propio corazón. Amén.

El Corazón de Jesús

 Por Alvaro Torres Fajardo CJM.

 

   Hablar hoy del Corazón de Jesús.

Para un eudista siempre será actual y oportuno hablar del Corazón de Jesús. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI han insistido en reavivar la devoción a este Corazón y hacer de ella un instrumento actual de evangelización. En este mes llegan a Colombia los restos de santa Margarita María Alacoque, la religiosa visitandina que con sus experiencias de aparición del Corazón de Jesús lanzó la forma de devoción que más repercusión ha tenido en el mundo.

Les propongo que discurramos brevemente sobre 4 temas: Algo de historia / El Corazón de Jesús como devoción popular / El Corazón de Jesús como celebración litúrgica / Contenido teológico del símbolo del Corazón de Jesús.

 

1. Algo de historia

 

Se hunde en la historia del hombre. Valoró su corazón físico y la significación de ese corazón. Incluso le atribuyó a Dios un corazón capaz de amar, de comprometerse, de pensar (1 R 9, 3; Jer 30, 24). Pero sobre todo a partir de la Encarnación la realidad del corazón de Dios se hace clara. Cristo tenía un corazón de hombre. Dios mismo quiso hacerse capaz de amar con un corazón de hombre (Mt 11, 29; Jn 19, 34).

Poco a poco se fue hablando del Corazón de Jesús: Lo hicieron san Buenaventura, Santiago de Milán, Matilde,  Gertrudis, Brígida, Catalina de Génova, Lanspergio (1489-1539, cartujo), Margarita del Santísimo Sacramento, desde el siglo 13 hasta el 17. San Juan Eudes entra con título propio en esta historia. Fue el primero en proponer el Corazón de Jesús como objeto de culto litúrgico. En 1648, cuando instituyó la primera fiesta del Corazón de María habla ya del Corazón de Jesús. Compone por los mismos días su oración cumbre al Corazón de Jesús, el Ave Cor, y unas letanías al Corazón de Jesús para ser recitadas en su comunidad.  En 1672, el 20 de octubre, hace celebrar con solemnidad inusitada en sus comunidades una fiesta al Corazón de Jesús, con octava. Compone él mismo los textos en latín para esa celebración.

Tres años después, en 1675, santa Margarita María Alacoque (nacida en Autun en  1647,  y fallecida en 1690), tiene su primera experiencia (revelación privada) del Corazón de Jesús. Había entrado a la Visitación de Paray-le-Monial en 1671 y el 16 de junio de 1675, Jesús le mostró “este Corazón que tanto ha amado a los hombres”. Fue dirigida espiritual del jesuita san Claudio de la Colombière. Por ese camino la Compañía de Jesús ha tomado liderazgo, en una época, en la devoción popular al Corazón de Jesús. Recordemos la revista El Mensajero del Corazón de Jesús. Como es evidente, en esta historia san Juan Eudes va primero. En 1686 se celebró la primera fiesta litúrgica en Paray-le-Monial al Corazón de Jesús ¿Se usaron los textos de san Juan Eudes ya conocidos? Difícil probarlo, difícil negarlo.

Luego viene el culto público aprobado por Roma y el magisterio pontificio dedica una encíclica al Corazón de Jesús (Haurietis aquas, 1950, Pío XII). No olvidemos que por petición de una hermana de El Buen Pastor, la hoy beata Sor María del divino Corazón, el Papa León XIII consagró el género humano al Corazón de Jesús en 1899. Que estemos hoy, en 2006, hablando del Corazón de Jesús significa que esta historia está viva y sigue.

 

2. Devoción popular.

 

Ha sido el camino para hacer conocer popularmente al Corazón de Jesús. Nace de las revelaciones de Santa Margarita María Alacoque. En sus diálogos con el Corazón, éste ofrece  unas promesas para quienes se hagan sus devotos. Por el camino, un tanto interesado de ganarse el cielo, entró esta devoción al corazón del pueblo piadoso y fiel. Se enumeran 12 de estas promesas: (1) Les daré las gracias necesarias para su estado de vida. (2) Haré reinar la paz en sus hogares. (3) Los confortaré en sus aflicciones. (4) Seré su refugio seguro durante la vida y sobre todo en la hora de la muerte. (5) Les otorgaré bendiciones abundantes en sus empresas. (6) Los pecadores encontrarán en mi Corazón fuente y océano infinito de misericordia. (7) Las almas tibias se harán  fervorosas. (8) Los fervorosos alcanzarán pronto la (más alta) perfección. (9) Bendeciré todo lugar donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y honrada. (10) Daré a los sacerdotes la gracia de convertir a los pecadores más empedernidos. (11) Los que promuevan esta devoción tendrán sus nombres escritos en mi Corazón, y nunca serán borrados de él. (12) Les prometo, como muestra de excesiva misericordia, que mi omnipotente amor garantizará a quienes comulguen el primer viernes en nueve meses consecutivos la gracia de la penitencia final. No morirán en desgracia ni sin recibir sus sacramentos. Mi divino Corazón será su seguro refugio en el último momento.

Se comprende que muchos cristianos, para asegurarse estas bendiciones y sobre todo la promesa final, hayan entrado en prácticas de religiosidad popular muy conocidas. Inolvidables aquellas interminables colas de penitentes en los confesonarios, terror de muchos confesores... Aquellas imágenes detrás de la puerta de entrada en los hogares, aquellas entronizaciones del Corazón de Jesús en las familias, aquellos “Detentes”, aquellas frases escritas en las paredes: “Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”, aquellas procesiones multitudinarias, organizadas por El Apostolado de la Oración, celebraciones solemnes, las lacrimosas Horas Santas del P. Mateo, etc.

¿Qué queda de todo ello? Valdría la pena averiguarlo. No lo juzguemos hoy como del todo negativo. La pastoral actual trata de rescatar muchos elementos de religiosidad popular. Pero podía traer una deformación del sentido religioso. Un poco la tesis farisea de que la salvación final se “compra” con la fiel observancia de una ley, de unas prácticas. Estamos lejos del “puro amor” de muchos santos, y muy de san Juan Eudes.

 

3. El culto litúrgico al Corazón de Jesús.

 

Aquí entramos en pleno dominio eudista. El Papa León XIII, en el decreto sobre heroicidad de virtudes declaró al Padre Eudes como  “Autor del culto litúrgico de los sagrados Corazones de Jesús y María”; san Pío X en 1909, en la beatificación, y Pío XI en 1925, en la canonización, comprometieron su autoridad al declarar solemnemente a san Juan Eudes, en las respectivas bulas, “El Padre, Doctor y Apóstol del culto litúrgico a los sagrados Corazones de Jesús y María”. Históricamente es incontrovertible. Las fechas son claras. Antes de san Juan Eudes no hubo en la Iglesia, en ninguna parte, Misa y Oficio en honor del Corazón de Jesús. La primera fiesta en Paray-le-Monial se celebró en 1686.

La aprobación de la misa y oficio de san Juan Eudes era diocesana. Y así lo fue por mucho tiempo. Muchos se sirvieron de los textos de san Juan Eudes. Consta que en el siglo XVIII en la Visitación se seguían los textos eudistas. Era importante que la Iglesia diera carácter oficial y universal a la fiesta. Muchos obispos lo pidieron y el 26 de enero de 1765, la Congregación de Ritos, escribió el decreto que, el 6 de febrero siguiente, debía recibir la confirmación del Papa Clemente XIII. Así surgió la fiesta, que debía celebrarse, no el 20 de octubre como lo quería san Juan Eudes, sino el viernes siguiente a la octava del Corpus Christi. Se continuó celebrando, si embargo,  en muchas partes la de san Juan Eudes, incluso en la Visitación como consta por libros litúrgicos de la época (1792, 1803) (Cfr. Lebrun Ch. Le Bx J. Eudes...pp 201 ss.)

Se adoptaron textos especiales, y no se le concedió octava como en la tradición eudista. La misa de san Juan Eudes se conoció como “Gaudeamus” por la palabra inicial del introito, en cambio la de la Iglesia universal fue conocida como “Cogitationes” pues así se encabeza el introito de esa misa. Fue establecida por el beato Pío IX en 1856.  Pìo XII para celebrar el centenario de esa fiesta publicó la ya mencionada encíclica  Haurietis aguas… La Congregación eudista recibió autorización para seguir celebrando su fiesta propia el 20 de octubre con los textos eudistas. La reforma litúrgica, decretada como consecuencia del Concilio, prohibió la duplicación de fiestas y nos concedió celebrar con nuestros textos históricos la fiesta en el mismo día de la Iglesia universal. El 20 de octubre  solamente celebramos una misa votiva.

 

4. Teología

 

¿Una teología del Corazón? Todo cuanto es realidad en el mundo, mirado desde el designio de Dios sobre la creación es susceptible de una teología. Teologías emergentes las llaman hoy: del ocio y del trabajo, de la cruz y de la esperanza, de la vida y de la muerte. ¿Por qué no del corazón con toda la carga que es susceptible de llevar en el lenguaje humano? En esta teología el más importante no es el Corazón sino lo que él envuelve y significa: EL AMOR. Significante y significado, continente y contenido, simbolizante y simbolizado, pero inseparables, iluminado el uno por el otro.

Hemos llegado a la conclusión de que el amor de Dios, desbordado y omnipotente, es la fuente y la explicación de toda la obra divina, de cuanto existe, en todos los órdenes. “De tal modo amó Dios al mundo...” El salmista hacía cantar a toda una asamblea gozosa: E Dios que da a conocer su misterio, porque es eterno su amor. Que crea mundos... que interviene en la historia a favor de su pueblo... que está presente en el acontecer del hombre… (Sal 136). Amor efectivo y eficaz, amor tierno, paternal y maternal, de entrañas. Amor en el secreto íntimo de Dios: el Espíritu Santo, amor infinito entre el Padre y su Hijo. Amor fuerte que cautiva: “Quién nos separará del amor de Dios”... Amor que llega al límite imposible al hombre: “Los amó hasta el extremo...”

Un día se preguntó Juan Eudes: ¿Cómo enseñar ese amor, cómo hacerlo percibir, cómo hacer vibrar al hombre frente a esa realidad? Y nació para él la imagen simbólica del corazón. Rastreó en la Biblia, que le era bien conocida, y descubrió la riqueza semántica de esa palabra en la revelación divina: (1) Corazón corporal, Pr 4, 23. (2) Memoria, Lc 21, 14. (3) Entendimiento (Sal 19, 15). (4) Voluntad, Lc 6, 45. (5) Parte suprema del alma. Punta del alma, Cant 5, 2. (6) El interior del hombre, su conciencia, Cant 8, 6. (7) El Espíritu Santo, Ez 36, 26-27. (8) El mismo Jesús, hijo de Dios, Cant 4, 9; Lm 4, 20. (9) Capacidad de amar Mt 22, 37. (OE 492-494). Pero consideró tres sentidos primordialmente:               (1) El Corazón divino: amor increado. (2) La parte superior del alma donde actúa el Espíritu Santo. (3) El Corazón corporal, sede de sentimientos, rasgado en la cruz (OC 8, 344-347).

¿Andaría perdido san Juan Eudes? Un conocido teólogo moderno, K. Rahner, expuso su doctrina sobre el Corazón de Jesús y partió de Jn 7, 37-39. Allí no aparece la palabra corazón pero sí el interior de Cristo, fuente viva del Espíritu. Ese interior lo llama la Biblia corazón. Porque el amor de que se habla en la doctrina del Corazón es múltiple. Una red riquísima que encierra el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu, en todas las direcciones, recíproco, ad intra y ad extra, para María y la Iglesia, para nosotros, para la “pequeña Congregación” a la que san Juan Eudes deja en herencia ese Corazón como algo que le es propio (Testamento 10, OE, 681).

Fue más allá Juan Eudes. Quiso celebrar en la Liturgia ese amor simbolizado en el Corazón. Nada más legítimo. Hace parte del misterio de Dios, de Cristo, del Espíritu que es el objeto de la Liturgia. Quiso hacerlo el 20 de octubre, al fin del año litúrgico, para reunir y recoger en una fiesta todo ese amor que la liturgia ha celebrado a lo largo del año. Si leemos sus textos nos daremos cuenta de que la palabra amor, en toda su riqueza, campea por doquier. Oraciones de la fiesta: “Con excesivo amor... nos diste el Corazón de tu Hijo, para que pudiésemos amar perfectamente...” Significativo que cuando la Iglesia quiso celebrar a Margarita María Alacoque no insiste en sus visiones y promesas sino simplemente en el amor: “Para que también nosotros lleguemos a conocer por experiencia el amor de Cristo que excede todo conocimiento...” (Oración colecta de la misa en honor de la santa).

Pero es un amor que urge una vida cristiana llevada a radicalidad. Es lo que quiere Juan Eudes. No nos da el contentillo de las promesas sino que nos habla de compromisos serios en el amor hasta el mismo martirio. Que Jesús viva y reine... le demos espacio para ello. El Ave Cor lo proclama.

Me pregunté al comenzar: “Se puede hablar hoy de actualidad del Corazón de Jesús? Respondo:

Mientras haya un Dios empeñado en amar al hombre, en conducirlo amorosamente a través de los avatares de la historia y las miserias del tiempo hasta el Corazón de su propio misterio...

Mientras el símbolo del corazón siga hablando al hombre de hoy del amor en todas sus dimensiones,

-habrá razón para hacer una teología del Corazón del Señor ;

-para seguir celebrando en la liturgia la solemnidad del Amor de Dios, simbolizado en el Corazón de Cristo,

-para seguir viviendo, con ufanía eudista, que sea patrimonio histórico de nuestra comunidad esta celebración eclesial del Divino Corazón.

 

 

 

 

El Bautismo

27. El bautismo es un nuevo nacimiento

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, « COLOQUIOS INTERIORES ».11, 2: Oeuvres Completes 2, 181-182.)

 

El bautismo es un nacimiento admirable, viva imagen del nacimiento eterno y temporal del Hijo de Dios.

 

La Escritura llama al bautismo regeneración y renacimiento: es el baño bautismal de regeneración (Tt 3, 5). El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3, 5). Esta generación y nacimiento tiene como prototipo y ejemplar la generación eterna del Hijo de Dios en el seno de su Padre y su generación y nacimiento temporal en las entrañas virginales de su madre.

Pues así como en su generación eterna el Padre comunica a su Hijo su ser, su vida y todas sus divinas perfecciones, así, en nuestro bautismo, este mismo Padre nos da, por su Hijo y en su Hijo, un ser y una vida santos y divinos.

Y así como en la generación temporal del Hijo de Dios, su Padre le da un nuevo ser y una vida nueva, la cual, aunque santa y divina, si halla revestida de mortalidad, de pasibilidad y de las miserias de la vida humana, así también la vida nueva que Dios nos da en el bautismo está rodeada y sitiada por la fragilidad, la debilidad, la mortalidad y todas las miserias de la condición humana.

Además, como el Espíritu Santo fue enviado para honrar al Hijo de Dios en las entrañas de la santa Virgen, así es también enviado para formarlo y hacerlo nacer por el bautismo en nuestro ser y para incorporamos y unimos con él, haciéndonos nacer y vivir en él: Hay que nacer de agua y de Espíritu.

Y así como las tres personas divinas han cooperado conjuntamente con un mismo poder y bondad en la obra admirable de la encamación, también se hallan presentes en nuestro bautismo y cooperan juntas para damos el nuevo ser y la vida nueva.

Así, nuestro bautismo es una generación inefable y un nacimiento que es viva imagen de la generación y del nacimiento eterno y temporal del Hijo de Dios. Por lo mismo nuestra vida debe reproducir perfectamente la de Jesucristo. Hemos nacido de Dios (Jn 1, 13). Dios nos ha creado en Cristo Jesús (Ef 2, 10), formados por la acción del Espíritu Santo (Jn 3, 6). Por eso hemos de vivir sólo de Dios, en él y por él, con la vida misma de Jesucristo, animados, guiados y poseídos únicamente por su Espíritu.

Humillémonos al vemos tan distantes de la vida que debe llevar todo cristiano. Entreguémonos a Dios con el deseo sincero de empezar a vivirla, rogándole que destruya en nosotros la vida del mundo y del pecado y establezca su vida divina, para que no seamos de aquellos a quienes san Pablo llama excluidos de la vida de Dios (Ef 4, 18).

29. El bautismo es una alianza admirable

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, «COLOQUIOS INTERIORES ». 12, 1: Oeuvres Completes 2, 184-187.)

 

El bautismo nos hace entrar en una alianza maravillosa con Dios.

 

El bautismo es una alianza del hombre con Dios que encierra grandes maravillas.

Por su incomprensible misericordia Dios nos libra de la alianza maldita que, por el pecado, nos ligaba a Satanás, como sus hijos y sus miembros, y nos hace entrar en sociedad maravillosa con él. Fiel es Dios, por quien hemos sido convocados a la unión con su Hijo, dice san Pablo (1Co 1, 9). Lo que hemos visto os lo anunciamos, escribe san Juan, a fin de que viváis en comunión con nosotros. Y esta nuestra comunión de vida es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1, 3).

Se trata de la alianza más noble y perfecta que pueda existir. Supera las alianzas entre amigos, entre hermanos, entre padres e hijos, entre esposo y esposa, porque es la alianza de los miembros con su cabeza, que es la más Íntima y estrecha de todas.

Más aún: la unión natural y corpórea de los sarmientos con la vid y de los miembros del cuerpo con su cabeza, tan estrecha en el mundo físico, es solamente figura y sombra de la unión espiritual y. sobrenatural que por el bautismo contraemos con Jesucristo. Y lo que es todavía más maravilloso: nuestra alianza bautismal con Jesucristo, y por él con el Padre eterno es tan alta y divina que Jesús mismo la ha comparado a la unión entre el Padre y el Hijo: Que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad (Jn 17, 22-23).

Así la unidad entre el Padre y el Hijo es el modelo de la unión que sellamos con Dios por el bautismo y ésta, a su vez, es la imagen viviente de aquélla.

Lo que destaca y ennoblece nuestra alianza con Dios en el bautismo es que se fundamenta y tiene su principio en la sangre preciosa de Jesucristo, por la acción del Espíritu Santo. De tal manera que este mismo Espíritu, que es la unidad del Padre y del Hijo, es al mismo tiempo el lazo de unión de nuestra sociedad perfecta con Jesucristo y por él con el Padre eterno, unión calificada con estas palabras: Que sean perfectos en la unidad (Jn 17, 23).

Así, mediante el bautismo, somos una sola cosa con Jesucristo y por Jesucristo con Dios Padre, de la manera más elevada y perfecta que pueda existir después de la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo eterno. Es una alianza incomparable y una inefable sociedad, tan excelente que nos obliga a vivir en alabanzas y acciones de gracias a Dios por su bondad infinita. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable! (2Co 9, 15).

De ahí la santidad que debe distinguir nuestra vida, a causa de la asociación tan íntima que hemos adquirido con el Santo de los santos. Si somos una sola cosa con Dios debemos tener también un mismo corazón, un mismo espíritu, un mismo sentir y un mismo afecto con él. Quien se une al Señor es un espíritu con él (1Co 6, 17).

Sólo debemos amar y odiar lo que Dios ama y odia. Odiar el pecado que es soberanamente merecedor del odio de Dios. Pecar mortalmente significa violar y quebrantar esta alianza contraída con Dios en el bautismo, para volver a ser aliados de su enemigo, Satanás. Es afrentar la unión del Padre y del Hijo destruyendo en nosotros lo que era su imagen. Es profanar e inutilizar la sangre preciosa de Cristo que es el fundamento de esta alianza. Es apagar el Espíritu de Dios, vínculo sagrado de esta sociedad, desobedeciendo así a la palabra celestial: No impidáis las manifestaciones del Espíritu (1Ts 5, 19).

¡Por eso debemos sentir horror por nuestros pecados para no recaer en ellos y velar por la conservación de esta rica y preciosa alianza con Dios, tratando con todas nuestras fuerzas de hacerla compartir por nuestros hermanos!

 

32. El cristiano y la alianza bautismal

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, « CONTRATO DEL HOMBRE CON DIOS EN EL SANTO BAUTISMO». 40: Oeuvres Completes 2, 220-2.21. 242-243.)

 

Es este el compromiso del cristiano.

 

Cuando entraste en alianza con Dios, por el bautismo, te ofreciste, entregaste y consagraste a su divina majestad y te comprometiste a dos grandes cosas.

1. Por boca de tus padres y padrinos renunciaste a Satanás, a sus vanidades y obras pecaminosas.

2. Te vinculaste a Jesucristo por la fe, la esperanza y la caridad y así lo deberás seguir: por la fe en sus palabras y doctrina, por la esperanza en sus, por la caridad que cumple sus mandamientos y sus máximas. Por eso debes revestir sus sentimientos, sus virtudes y su vida. Y lo debes seguir, no sólo como un servidor a su amo, sino como un miembro a su cabeza.

Esto le hace decir a san Gregario de Nisa: Ser cristiano significa ser una sola cosa con Jesucristo, y por consiguiente vivir de la vida de Jesucristo. Así como la vida del brazo es continuación de la vida de la cabeza, así la vida del cristiano continúa la vida de Jesús en la tierra.

Si por el bautismo hemos sido injertados en este árbol divino y nos hemos incorporado a esta adorable cabeza, debemos también vivir de su vida y seguir sus huellas: Quien dice que está siempre con él debe andar de continuo como él anduvo (1Jn 2, 6).

Estas son las obligaciones que has contraído mediante las promesas que hiciste en el bautismo, no a un niño u hombre mortal, sino al Dios inmortal, en forma pública y solemne, a la faz de toda la Iglesia.

Se trata de promesas escritas, dice san Agustín, por manos de los ángeles, con la sangre de Jesucristo, en los libros de la eternidad y consagradas por la santidad del gran sacramento del bautismo.

Muy útil sería que un cristiano renovara estas promesas bautismales no sólo una vez al año, sino todos los días. Al despertarse por la mañana, después de pronunciar el santo nombre de Jesús y María y de hacer la señal de la cruz, puedes pronunciar de todo corazón las siguientes palabras: Renuncio a Satanás para seguir sólo a ti, mi Señor, mi Redentor, mi Cabeza y mi vida. Y lo mismo conviene hacer al acostarse y cuando experimentes alguna tentación.

Esos cuatro términos, mi Señor, mi Redentor, mi Cabeza y mi vida, deben hacerte recordar los cuatro motivos principales de tu pertenencia a Jesucristo y ellos te obligan a unirte y entregarte a él para seguirlo en su vida santa conforme a las promesas de tu bautismo.

En efecto, tú le perteneces:

1. Porque es tu Señor soberano, tu Creador, el que te conserva y te gobierna.

2. Porque te ha rescatado con el precio infinito de su sangre.

3. Porque es tu Cabeza y tú uno de sus miembros a él incorporados por el bautismo.

4. Porque él se ha entregado a ti tantas veces en la santa eucaristía, para ser tu alimento y tu vida: Cristo, que es nuestra vida (Col 3, 4).

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