El Bautismo

27. El bautismo es un nuevo nacimiento

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, « COLOQUIOS INTERIORES ».11, 2: Oeuvres Completes 2, 181-182.)

 

El bautismo es un nacimiento admirable, viva imagen del nacimiento eterno y temporal del Hijo de Dios.

 

La Escritura llama al bautismo regeneración y renacimiento: es el baño bautismal de regeneración (Tt 3, 5). El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3, 5). Esta generación y nacimiento tiene como prototipo y ejemplar la generación eterna del Hijo de Dios en el seno de su Padre y su generación y nacimiento temporal en las entrañas virginales de su madre.

Pues así como en su generación eterna el Padre comunica a su Hijo su ser, su vida y todas sus divinas perfecciones, así, en nuestro bautismo, este mismo Padre nos da, por su Hijo y en su Hijo, un ser y una vida santos y divinos.

Y así como en la generación temporal del Hijo de Dios, su Padre le da un nuevo ser y una vida nueva, la cual, aunque santa y divina, si halla revestida de mortalidad, de pasibilidad y de las miserias de la vida humana, así también la vida nueva que Dios nos da en el bautismo está rodeada y sitiada por la fragilidad, la debilidad, la mortalidad y todas las miserias de la condición humana.

Además, como el Espíritu Santo fue enviado para honrar al Hijo de Dios en las entrañas de la santa Virgen, así es también enviado para formarlo y hacerlo nacer por el bautismo en nuestro ser y para incorporamos y unimos con él, haciéndonos nacer y vivir en él: Hay que nacer de agua y de Espíritu.

Y así como las tres personas divinas han cooperado conjuntamente con un mismo poder y bondad en la obra admirable de la encamación, también se hallan presentes en nuestro bautismo y cooperan juntas para damos el nuevo ser y la vida nueva.

Así, nuestro bautismo es una generación inefable y un nacimiento que es viva imagen de la generación y del nacimiento eterno y temporal del Hijo de Dios. Por lo mismo nuestra vida debe reproducir perfectamente la de Jesucristo. Hemos nacido de Dios (Jn 1, 13). Dios nos ha creado en Cristo Jesús (Ef 2, 10), formados por la acción del Espíritu Santo (Jn 3, 6). Por eso hemos de vivir sólo de Dios, en él y por él, con la vida misma de Jesucristo, animados, guiados y poseídos únicamente por su Espíritu.

Humillémonos al vemos tan distantes de la vida que debe llevar todo cristiano. Entreguémonos a Dios con el deseo sincero de empezar a vivirla, rogándole que destruya en nosotros la vida del mundo y del pecado y establezca su vida divina, para que no seamos de aquellos a quienes san Pablo llama excluidos de la vida de Dios (Ef 4, 18).

29. El bautismo es una alianza admirable

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, «COLOQUIOS INTERIORES ». 12, 1: Oeuvres Completes 2, 184-187.)

 

El bautismo nos hace entrar en una alianza maravillosa con Dios.

 

El bautismo es una alianza del hombre con Dios que encierra grandes maravillas.

Por su incomprensible misericordia Dios nos libra de la alianza maldita que, por el pecado, nos ligaba a Satanás, como sus hijos y sus miembros, y nos hace entrar en sociedad maravillosa con él. Fiel es Dios, por quien hemos sido convocados a la unión con su Hijo, dice san Pablo (1Co 1, 9). Lo que hemos visto os lo anunciamos, escribe san Juan, a fin de que viváis en comunión con nosotros. Y esta nuestra comunión de vida es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1, 3).

Se trata de la alianza más noble y perfecta que pueda existir. Supera las alianzas entre amigos, entre hermanos, entre padres e hijos, entre esposo y esposa, porque es la alianza de los miembros con su cabeza, que es la más Íntima y estrecha de todas.

Más aún: la unión natural y corpórea de los sarmientos con la vid y de los miembros del cuerpo con su cabeza, tan estrecha en el mundo físico, es solamente figura y sombra de la unión espiritual y. sobrenatural que por el bautismo contraemos con Jesucristo. Y lo que es todavía más maravilloso: nuestra alianza bautismal con Jesucristo, y por él con el Padre eterno es tan alta y divina que Jesús mismo la ha comparado a la unión entre el Padre y el Hijo: Que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad (Jn 17, 22-23).

Así la unidad entre el Padre y el Hijo es el modelo de la unión que sellamos con Dios por el bautismo y ésta, a su vez, es la imagen viviente de aquélla.

Lo que destaca y ennoblece nuestra alianza con Dios en el bautismo es que se fundamenta y tiene su principio en la sangre preciosa de Jesucristo, por la acción del Espíritu Santo. De tal manera que este mismo Espíritu, que es la unidad del Padre y del Hijo, es al mismo tiempo el lazo de unión de nuestra sociedad perfecta con Jesucristo y por él con el Padre eterno, unión calificada con estas palabras: Que sean perfectos en la unidad (Jn 17, 23).

Así, mediante el bautismo, somos una sola cosa con Jesucristo y por Jesucristo con Dios Padre, de la manera más elevada y perfecta que pueda existir después de la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo eterno. Es una alianza incomparable y una inefable sociedad, tan excelente que nos obliga a vivir en alabanzas y acciones de gracias a Dios por su bondad infinita. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable! (2Co 9, 15).

De ahí la santidad que debe distinguir nuestra vida, a causa de la asociación tan íntima que hemos adquirido con el Santo de los santos. Si somos una sola cosa con Dios debemos tener también un mismo corazón, un mismo espíritu, un mismo sentir y un mismo afecto con él. Quien se une al Señor es un espíritu con él (1Co 6, 17).

Sólo debemos amar y odiar lo que Dios ama y odia. Odiar el pecado que es soberanamente merecedor del odio de Dios. Pecar mortalmente significa violar y quebrantar esta alianza contraída con Dios en el bautismo, para volver a ser aliados de su enemigo, Satanás. Es afrentar la unión del Padre y del Hijo destruyendo en nosotros lo que era su imagen. Es profanar e inutilizar la sangre preciosa de Cristo que es el fundamento de esta alianza. Es apagar el Espíritu de Dios, vínculo sagrado de esta sociedad, desobedeciendo así a la palabra celestial: No impidáis las manifestaciones del Espíritu (1Ts 5, 19).

¡Por eso debemos sentir horror por nuestros pecados para no recaer en ellos y velar por la conservación de esta rica y preciosa alianza con Dios, tratando con todas nuestras fuerzas de hacerla compartir por nuestros hermanos!

 

32. El cristiano y la alianza bautismal

(DEL LIBRO DE SAN JUAN EUDES, PRESBÍTERO, « CONTRATO DEL HOMBRE CON DIOS EN EL SANTO BAUTISMO». 40: Oeuvres Completes 2, 220-2.21. 242-243.)

 

Es este el compromiso del cristiano.

 

Cuando entraste en alianza con Dios, por el bautismo, te ofreciste, entregaste y consagraste a su divina majestad y te comprometiste a dos grandes cosas.

1. Por boca de tus padres y padrinos renunciaste a Satanás, a sus vanidades y obras pecaminosas.

2. Te vinculaste a Jesucristo por la fe, la esperanza y la caridad y así lo deberás seguir: por la fe en sus palabras y doctrina, por la esperanza en sus, por la caridad que cumple sus mandamientos y sus máximas. Por eso debes revestir sus sentimientos, sus virtudes y su vida. Y lo debes seguir, no sólo como un servidor a su amo, sino como un miembro a su cabeza.

Esto le hace decir a san Gregario de Nisa: Ser cristiano significa ser una sola cosa con Jesucristo, y por consiguiente vivir de la vida de Jesucristo. Así como la vida del brazo es continuación de la vida de la cabeza, así la vida del cristiano continúa la vida de Jesús en la tierra.

Si por el bautismo hemos sido injertados en este árbol divino y nos hemos incorporado a esta adorable cabeza, debemos también vivir de su vida y seguir sus huellas: Quien dice que está siempre con él debe andar de continuo como él anduvo (1Jn 2, 6).

Estas son las obligaciones que has contraído mediante las promesas que hiciste en el bautismo, no a un niño u hombre mortal, sino al Dios inmortal, en forma pública y solemne, a la faz de toda la Iglesia.

Se trata de promesas escritas, dice san Agustín, por manos de los ángeles, con la sangre de Jesucristo, en los libros de la eternidad y consagradas por la santidad del gran sacramento del bautismo.

Muy útil sería que un cristiano renovara estas promesas bautismales no sólo una vez al año, sino todos los días. Al despertarse por la mañana, después de pronunciar el santo nombre de Jesús y María y de hacer la señal de la cruz, puedes pronunciar de todo corazón las siguientes palabras: Renuncio a Satanás para seguir sólo a ti, mi Señor, mi Redentor, mi Cabeza y mi vida. Y lo mismo conviene hacer al acostarse y cuando experimentes alguna tentación.

Esos cuatro términos, mi Señor, mi Redentor, mi Cabeza y mi vida, deben hacerte recordar los cuatro motivos principales de tu pertenencia a Jesucristo y ellos te obligan a unirte y entregarte a él para seguirlo en su vida santa conforme a las promesas de tu bautismo.

En efecto, tú le perteneces:

1. Porque es tu Señor soberano, tu Creador, el que te conserva y te gobierna.

2. Porque te ha rescatado con el precio infinito de su sangre.

3. Porque es tu Cabeza y tú uno de sus miembros a él incorporados por el bautismo.

4. Porque él se ha entregado a ti tantas veces en la santa eucaristía, para ser tu alimento y tu vida: Cristo, que es nuestra vida (Col 3, 4).

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