La formación

Nuestra formación se basa en la oración, la escucha de la palabra de Dios, en la vivencia de los sacramentos. Convivimos en comunidad con otros hermanos, nuestra educación nos permite trabajar en la renovación de la Fe  de las personas y para que Cristo viva en el corazón de los hombres.

Esta formación debe favorecer la integración  del equilibrio humano y afectivo, la formación del criterio, el crecimiento de las virtudes morales, la práctica y el desarrollo, en espíritu de servicio, de las capacidades artísticas, de la expresión verbal, la sinceridad, la lealtad la justicia entre otras.

FORMACIÓN ESPIRTUAL

La formación en la vida espiritual empieza desde la entrada del joven al Instituto y se continua durante toda su vida. El joven debe llenarse de una fe viva y una esperanza firme, inflamando su espíritu de fortaleza, de amor, y de templanza por medio de la oración.

Debe aprender a sacrificarse, contentándose con lo que tiene, desgastándose con alegría por el celo de las almas y sacrificándose él mismo por ellas, de forma que crezca mediante la oración, en el amor de Dios y del prójimo, en el cumplimiento diario de su deber (Decreto Ag Gentes N° 25)

FORMACIÓN  MORAL

La formación moral es de gran importancia pues el misionero debe ser capaz de tener iniciativas constantes para continuar hasta el fin, perseverando en las dificultades, siendo paciente y fuerte para sobrellevar la soledad, el cansancio y el trabajo infructuoso. Además de esto debe presentarse con apertura de alma y grandeza de corazón, aceptando con gusto los cargos que se le confíen; acomodándose generosamente a las costumbres ajenas y a las cambiantes condiciones de los pueblos, ayudando a sus hermanos y a todos los que se dediquen a la misma obra con espíritu de concordia y de caridad mutua, constituyendo así con la comunidad en la que trabaja, un solo corazón y una sola alma (Decreto Ad Gentes N° 25).

FORMACIÓN DOCTRINAL

Los misioneros deben prepararse y formarse con las palabras de la fe y de la buena doctrina tomada ante todo de la Sagrada Escritura, estudiando a fondo el misterio de Cristo, cuyos heraldos y testigos van a ser en el mundo entero.

Este estudio doctrinal abarca todas las disciplinas, con las que nos preparamos para el cumplimiento de nuestro ministerio y las otras ciencias, que aprendemos útilmente, para alcanzar los conocimientos ordinarios sobre pueblos, culturas y religiones. Esto debido a que todo misionero debe apreciar el patrimonio, lenguas y costumbres del pueblo a donde vaya (Decreto Ag Gentes N° 26).

FORMACIÓN APOSTOLICA

Es además indispensable una especial y ordenada formación apostólica, teórica y práctica.

Es necesario que todo misionero aprenda todo lo que se refiere al sagrado ministerio (catequesis, predicación, culto litúrgico, sacramentos, dirección de almas, obras de caridad, trato con los hombre y demás deberes pastorales).

Los misioneros deben usar también los medios que puedan prestan las ciencias pedagógicas, sicológicas, o sociológicas, para la expansión del Evangelio, enseñándoseles a utlizarlos, promoviendo así las más diversa y más eficaces formas de apostolado.

Todas estas formas de apostolado no sólo se aprenden en el Instituto, sino que también se practican durante todo el período de formación y en las vacaciones mediante ejercicios oportunos y constantes (Decreto Optatam Totius N° 19-21).

Pero esta formación básica se complementa en la región a donde sean enviados, pues deben conocer ampliamente la historia, las estructuras sociales, las costumbres del pueblo, la lengua del lugar (para poderlas usar con soltura y elegancia), las necesidades pastorales,  para encontrar con esto, una más fácil penetración del mensaje cristiano en estas comunidades(Decreto Ad Gentes N° 26).

La evangelización

Se lleva acabo por todo el mundo, a los hombres de hoy con la fuerza y la novedad del espíritu.

El Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia institutos, que reciben como misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia.

Porque son sellados con una vocación especial los que, dotados de un carácter natural conveniente, idóneos por sus buenas dotes e ingenio, están dispuestos a emprender la obra misional, sean nativos del lugar o extranjeros: sacerdotes, religiosos o laicos. Enviados por la autoridad legítima, se dirigen con fe y obediencia a los que están lejos de Cristo, segregados para la obra a que han sido llamados (Cf. Act., 13,2), como ministros del Evangelio, "para que la oblación de los gentiles sea aceptada y santificada por el Espíritu Santo" (Rom. 15,16).

El hombre debe responder al llamamiento de Dios, de suerte que no asintiendo a la carne ni a la sangre, se entregue totalmente a la obra del Evangelio. pero no puede dar esta respuesta, si no le mueve y fortalece el Espíritu Santo. El enviado entra en la vida y en la misión de Aquel que "se anonadó tomando la forma de siervo". Por eso debe estar dispuesto a permanecer durante toda su vida en la vocación, a renunciarse a sí mismo y a todo lo que poseía y a "hacerse todo a todos".

El que anuncia el Evangelio entre los gentiles dé a conocer con confianza el misterio de Cristo, cuyo legado es, de suerte que se atreva a hablar de El como conviene, no avergonzándose del escándalo de la cruz. Siguiendo las huellas de su Maestro, manso y humilde de corazón, manifieste que su yugo es suave y su carga ligera. Dé testimonio de su Señor con su vida enteramente evangélica, con mucha paciencia, con longanimidad, con suavidad, con caridad sincera, y si es necesario, hasta con la propia sangre.

Dios le concederá valor y fortaleza para que vea la abundancia de gozo que se encierra en la experiencia intensa de la tribulación y de la absoluta pobreza. Esté convencido de que la obediencia es la virtud característica del ministro de Cristo, que redimió al mundo con su obediencia.

A fin de no descuidar la gracia que poseen, los heraldos del Evangelio han de renovar su espíritu constantemente. Los ordinarios y superiores reúnan en tiempos determinados a los misioneros para que se tonifiquen en la esperanza de la vocación y se renueven en el ministerio apostólico, estableciendo incluso algunas casas apropiadas para ello.

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